Hay un monstruo que habita en mi cerebro.
Hasta hace poco no lo conocía. Sabía de su existencia, sabía que me acechaba, que rondaba alrededor listo para darme una estocada para desestabilizarme. Podía sentirlo. La sensación de frío en el pecho, la angustia, las lágrimas sin nombre ni apellido. Mi cerebro es muy oscuro. Está lleno de pasadizos y recovecos donde la luz no llega ni tampoco se filtra. Como si existiese un muro donde nada entra y tampoco nada sale. Mi cerebro es ruidoso. Ese muro parece generar ecos que no me dejan en paz. A veces tengo miedo que tenga vida propia. Al principio el monstruo encontró la llave y entró justo antes que el muro se alzara por completo convirtiendo todo en un lugar perfectamente insonoro para el exterior. Nadie de afuera podía escuchar lo que sucedía dentro. Se tomó su tiempo para recorrer el laberinto. Se conoció los callejones sin salida, las autopistas de vía libre, todos los lugares que eran seguros. Y se encargó de poco a poco apagar todos los focos de luz. ...















